domingo, 26 de noviembre de 2017

Somos mar

Este pueblo parece congelado en el tiempo. Calles llenas de tierra, con polvo que se levanta cuando hay mucho viento. Tiene miles de pequeños puestos de pulseras artesanales, y los restaurantes son coloridos, con ventanas grandes que siempre tienen vista hacia la calle. Hay cintas de colores donde cuelgan pequeñas luces que cubren las calles como toldas de luz durante las noches, poniendo un toque mágico que combina perfecto con el sonido de las olas al romper, y el perfume del mar, inunda el ambiente todo el tiempo. 

Sigo pensando en ti. Siempre fue así, fuimos una historia rota desde el principio, ¿si tomas tu camino, y yo el mío... seguiremos de alguna manera? Te lo pregunté muchas veces, pero la respuesta fue siempre la misma "nada cambiará, vive hoy". Y lo viví, lo sentí, lo vi crecer y morir dentro de mí. Ahora no hay nada. Estábamos indefensos frente a la marea, ninguno quiso nadar. 

La noche está fría, y camino sin rumbo. Las mismas caras, el mismo olor, estás en el ambiente sin estar. Voy hacia el malecón. Es lo único que han remodelado. Al final del día los políticos siempre trabajarán para la foto, esa que mostrará lo probo, extraordinarios, y grandes seres de servicio que son, pero cuando las cámaras se apagan y regresa la vida real, el escenario es distinto. En este pueblo, las cosas no son diferentes, así que disfruto de la belleza iluminada, mientras elijo una escalera que me permita estar cerca del mar; necesito hablarle, que lama mis pies, o me siente de un golpe contra las piedras para hacerme reaccionar, pero lo necesito en este minuto.

Está desolado el lugar, encuentro el acceso y estás ahí. Has logrado bajar hasta detenerte en una roca rodeada de olas, desde donde estoy parecería que estás parada en medio del océano. Pantalón a rayas verticales, llevas chompa con capucha naranja puesta, y tus manos en sus bolsillos. Sigo caminando, no te voy a interrumpir, debes estar buscando lo mismo que yo. Me alejo lo suficiente para poder verte sin que notes mi presencia.

De repente el viento te hace para atrás la capucha y tu pelo churrudo, negro y largo se hondea, veo tu perfil. La boca entreabierta y los ojos cerrados. Estás respirando mar. Lo sé. Lo estás guardando para ti. Te conozco.

Las olas rompen en tus pies. No te mueves. Cierro los ojos, y me diluyo, regreso al agua. Me cuelo entre las rocas, regreso con la espuma, me vuelvo mar. Beso tus pies. Me alejo y regreso. Otra vez vuelvo a sentirte, aunque sé que volverás a irte, en este momento estás aquí, y yo en ti.

Somos mar


lunes, 13 de noviembre de 2017

Prepara...té

Hundo la bolsita de té artesanal en mi taza con agua hirviendo, mientras te veo dormir a mi lado. Estás girado hacia mí, y con la boca arrugada como en un beso de los que ya dejaste de darme hace mucho tiempo. Tal vez, imaginas a la nueva dueña de tus labios, o quizá, sólo sueñas recuerdos de cuando te encierras en el motelucho de siempre, con alguna de tus novias aleatorias. Ya no importa. Ya dejó de importarme.

¿Qué harías si te dijera que te he seguido? ¿Qué cara pondrías si superias que más de una vez caminé detrás de ti por las calles secundarias a una cuadra de distancia y te vi entrar, para luego verlas a ellas, aunque en distinto orden, dependiendo del día? ¿Te digo algo? Creo que te he marcado, hay algunas que se parecen mucho a mí, otras tienen mi estilo de vestir, mi color de pelo, o peinado. Me buscas en ellas, sin embargo, no puedes quedarte sólo conmigo.

Y es que me cansé de llorar, atragantarme palabras, para luego escupir resentimientos en charlas aburridas, reiteradas e infructíferas. Doy un sorbo al té, pero sabe horrible, es realmente amargo, como han sido estos años contigo. No sé cuándo se nos terminaron las palabras, y nos mató la rutina, pero pasó.

Me detengo un rato sólo a admirarte. Tu piel brilla en dorado con el reflejo de la luz, todavía eres atractivo. Espalda ancha, pecho y brazos fornidos, piernas torneadas y fuertes de jugar fútbol todas las semanas con tus amigos, o de cargar mujeres contra la pared mientras tienen sexo, como alguna vez hiciste conmigo, eso tampoco importa ahora.

Irónicamente, la ira tiene su encanto. Permite que todo lo que callamos debido a que es políticamente incorrecto salga a flote, y podamos conocernos sin máscaras. No soy feliz ¿Sabes? Hace mucho que no me haces feliz desde ningún escenario. No eres apoyo emocional, económico, ni siquiera me sirves en la cama, porque déjame decirte, que entrar medio segundo para acabar aparatosamente, y brincar como resorte a bañarte, no es satisfactorio ni en la peor, y más barata de las películas porno. Imagino que con tus novias de motel harás un mejor papel, porque fácil te quedas dos horas en cada tarde que destinas a esos encuentros. Alguna vez, se me ocurrió esperarte en los muebles del recibidor de tu motel favorito sólo para ver tu cara desencajarse, y escuchar alguna mentira estúpida, pero recordé que cuando te sientes descubierto gritas, insultas, gesticulas, caminas en círculos, y haces todo un berrinche; así que preferí abstenerme del mal rato, si después de todo, no te iba a dejar, aún. 

Doy otro sorbo más y el sabor no mejora, está realmente asqueroso. Malditos muertos de hambre que me regalaron esta porquería como "cortesía", después de que les hiciera el pago, y bastante caro que me salió. Miro el reloj, falta poco, ya deben estar afuera.

- Cariño, despierta, recuerda tu reunión

- Cierto, gracias mi negra, ¿qué haría sin ti?

Te veo caminar desnudo para arreglarte y volver a salir, sé perfectamente a dónde vas, y a quién verás. Sigo en la cama; pasas delante de mí, eligiendo la camisa, el pantalón, la corbata.

- Negra, ¿La roja o la morada?

- La morada, cielo.

Te pones el perfume que detesto, pero estoy segura de que ella lo adora.

- Negra, me voy a tardar, tú sabes que odio ir a estos cócteles de noche, y peor sin tí, pero ya ves, así toca a veces. Trataré de salir antes.

- No te preocupes cariño, dormiré temprano.

Me besas en la frente y te vas. Espero que los muertos de hambre, sepan matarte, mucho mejor de lo que preparan té.




miércoles, 29 de marzo de 2017

Tiempo de volar

Ya cuando sólo resta escuchar música de la época en la que se fue feliz y viajar al pasado, es momento de partir. No hay nada que hacer.

Cada vez más flaca, me estoy consumiendo. El pelo se cae tanto que lo he cortado muy pequeño quedándome con una pinta andrógina que me gusta. Fumo sentada en el bordillo de la ventana. Imagino tu cara, recorro tus lunares y olvido los besos.

Las uñas de mis pies se han puesto muy duras, casi forman una sola masa con los dedos. No las puedo cortar y ya no me importa. Al frente, mi vecina despide a su marido con un beso, le hace la señal de la cruz sobre el pecho, lo ve salir y cierra la puerta. Minutos más tarde, lo veo desde otra ventana, sin ropa, sin cruz y con besos de bienvenida.

Abajo hay una mujer que grita, vende billetes de lotería. Asegura que tiene los que cambiarán la vida de quien los compre. Quisiera comprar uno, y confiar en ella, pero no pasará. El dinero no puede cambiar mi vida. Esa no es mi solución, ni la respuesta. Mi tiempo se termina.

Ayer bajé a lavar ropa, mi edificio tiene un cuarto de lavado y al entrar, silencio. Una madre decidió irse casi arrastrando a su hijo que no dejaba de verme. Las alas me han crecido un poco y ya no uso blusas. Así que mis pequeños senos sin vergüenza se muestran erguidos y los pezones aún reaccionan frente al estímulo. Cada vez hay menos ropa que lavar. La mujer que administra el lugar siempre es amable conmigo. Me trajo una frazada porque abajo hace frío y compartió conmigo su café. Por fin decidió echar a su marido de casa, la última golpiza involucró a su hija, así que está sola nuevamente. Unimos nuestro frío y luego subí con ropa limpia.

El viento trae palabras pájaro, perdidas en el tiempo. Debo esperar un poco más. Recuerdo cuando miraba tus ojos y pensaba -quería pensar- que en alguna parte estaba yo.  Tocan duro mi puerta, voy despacio. Al abrir, un pequeño paquete. Mis cigarrillos. El hombre de la tienda me ama, sabe que no es mutuo, pero me envía regalos. Tal vez, algo lo amo. Agradezco su tiempo para mí.

No creo en el destino. No creo en el futuro. No creo en casualidades. No creo. No creo. No quiero creer.

Tengo el cuerpo más duro, llegó el momento. Abro la ventana, es tiempo de volar.



viernes, 3 de marzo de 2017

Ultravioleta

Días de lluvia. Estoy sentada cerca de la ventana viendo las calles llenarse de agua, mientras los colores sortean los charcos. No me gustan Los Verde, suelen tener veneno en su lengua y al hablar, lo esparcen enfermando a quienes los escuchan. Hay muchos en todos lados. Mutan un poco, se disfrazan a veces, pero no pueden escapar de mis ojos.

Los Azules son interesantes, sólo hay que sortear su tendencia destructiva, pero en su mejor faceta son grandes intelectuales, una charla distendida con ellos es recibir cátedra de cultura, lastimosamente nunca pueden abrir su corazón, es difícil enamorarte de uno de ellos, una vez lo intenté y todavía duele. Los prefiero de amigos y referentes académicos. Así es más fácil respetar nuestros silencios y fantasmas.

Por otro lado, Los Anaranjados son la alegría andante, una fiesta vive dentro de ellos, es imposible no reír en su compañía, los busco siempre que llueve dentro de mí. Siempre logran devolverme el sol y espantar las nubes. Además, conocen los mejores lugares para comer rico y barato.

No veo mucha televisión, borra la imaginación, y es aburrido ver un desfile de seres de diferentes colores. A veces, la veo sin volumen, imagino qué dirían de acuerdo a sus colores, sin respetar el libreto que siguen. Pienso que todos seguimos un libreto, que nos hace políticamente correctos y logra que encajemos en la sociedad llena de suciedad donde vivimos.

Alguna vez me estuve loca de amor por un Rojo. Estaba todo bien; era cariñoso, y al mismo tiempo, su ligera dosis de violencia cuando me cargaba para hacérmelo contra la pared, lo volvía deseable. Sin embargo, con el tiempo se empezó a volver gris, con tonalidades azules, pero no por intelectual sino por depresivo. Sus ojos se volvieron verdes y los celos infectaron nuestra relación. Huí.

Me gustan Los Negro, son seres complicados y no muy dados a entablar relaciones de ningún tipo. Como la suma de todos los colores, son indescifrables, enigmáticos, pero comprenden los laberintos mentales mejor que nadie. Los Blanco por el contrario, son un plomazo, su ausencia de color me desconcierta. Son almas demasiado lejanas de la cotidianidad. Muy puros y decentes a mi gusto. 

Y aquí estoy, sin ganas de salir. Miro por la ventana, como siempre en la esquina a las doce menos quince, un Azul, espera el bus. A veces me pregunto si tendrá ojos café, su cabello será ¿rubio o negro?, trato de especular el color de su piel, pero nada... así mismo es.









domingo, 12 de febrero de 2017

Noticia sin eco

Doy vueltas y no logro descansar, repito que no me quieres. Hago repaso mental de las escenas más dolorosas. Siento náuseas. Temo caer en depresión y me levanto. La habitación es diminuta y está sucia, siento trocitos de tierra en mis pies, mientras camino al baño; lavo mi rostro con jabón, restregándolo con energía, esperando que esa fuerza, logre sacarme lo que tengo en el corazón, pero lo deja enrojecido, y ya no reconozco a la mujer del reflejo. Está vieja, tiene manchas en la cara y cuando trata de sonreír, un colmillo protuberante le da a su sonrisa, una expresión extraña. Veo la hora, una y media. Temo que no vendrás.   

Camino diez pasos y ya estoy en la cama otra vez. Miro el techo, tiene muchas placas blancas unidas con filos de metal, parece de hospital. Aquí, hay paredes blancas, cortinas naranjas, un velador, escritorio con su silla, también un armario prácticamente de adorno, porque no entrarían ni diez prendas colgadas, y por supuesto, el pequeño baño. Hace frío, el aire acondicionado marca 16 grados y no encuentro la forma de ponerlo más caliente. Te escribo un mensaje, pese a que siento que no vendrás. Usualmente no faltas a las citas sexuales, pero esta vez, te adelanté que tenía que hablar. Error. Tú no eres para hablar. Mensaje enviado, dice mi celular. 

Cierro los ojos y trato de recordar el olor del mar, escuchar su sonido. Necesito calmarme, en este silencio, el sonido de mis latidos me está enloqueciendo. No creo en casualidades, de repente es mejor que no vengas, que no sepas. Sólo desaparecer. Huir. Correr. Esfumarme. Me consta que nunca notas mi ausencia. Si dejo de escribirte una semana o un mes, no lo descubres hasta que reclamo la desaparición. Vienen las excusas, aludes falta de tiempo, pides unas horas de sexo, yo cedo, y todo vuelve a empezar. Silencio, reclamos, sexo, círculo vicioso de caos y destrucción. Veo el teléfono: mensaje recibido.

Y sigo aquí, esperando. Irónicamente, en estos lugares, el único material de lectura, es una biblia, pero he perdido la fe. Ya son las dos de la tarde. Nunca has tardado tanto. Reviso el teléfono, hay un aviso: escribiendo. La angustia empieza, mientras imagino qué dirás.

-Si hay drama, no voy. 

Lo leo y siento que corre un frío paralizador en mi espalda, mientras mi cara se empieza a calentar. Las palabras salen del teléfono y bailan a mi alrededor, todo se torna oscuro. "Drama".. si hay drama... "no voy"... no vendrás.

-Tranquilo, te voy a dejar algo en la habitación. Otro día será.  

Me levanto con una extraña paz. Ya no hay nada que hablar. Nada que hacer. El destino está claro. Acomodo mi vestido mientras me calzo, cepillo mi pelo, y pinto mis labios. Antes de irme, tomo mi cartera, dejo el celular en la basura, y la prueba de embarazo sobre la cama.





viernes, 30 de diciembre de 2016

La llave

Apoyada contra la puerta, reviso visualmente el departamento. Todo lo importante está guardado en mi maleta. 

Antes de irme, doy un último recorrido. Empiezo a caminar descalza, toco las paredes colmadas de fotos con momentos que nunca existieron. Viajes que no hicimos, paseos tomados de la mano, junto a risas que se ahogaron en el río.

Echo un vistazo a la habitación. Paredes beige, cortina de encaje blanco, que se eleva gracias a una ráfaga de viento que entra por la ventana, refrescando el ambiente rancio donde ha escapado lo que alguna vez hubo. Me siento un rato en la cama siempre arreglada, cubierta por sábanas de promesas incumplidas y colchas de ausencias. Me levanto y acaricio la repisa llena de libros que nunca llegaron. De repente, encuentro un par de zapatos rotos, cansados de regresar sobre lo andado, intentando una y otra vez que el destino sea diferente, pero han decidido rendirse y duermen bajo la cama, esperando su olvido. Les regalo una sonrisa, y los dejo descansar. Salgo sin hacer ruido.

Cuando paso por la cocina, recuerdo los desayunos ácidos, los almuerzos en solitario, y las cenas imposibles. Se me hace pequeño el corazón, pero las gotas de mi lluvia se fueron, y la secuencia de los pétalos al caer, señalaron el camino a seguir.

Finalmente avanzo hacia la puerta. Soy débil, he tratado de irme y no volver, muchas veces, pero la puerta nunca tuvo cerrojo. Así que esta vez, he mandado a hacer una complicada cerradura con una llave que sólo tengo yo.

Empujo la puerta, tomo la maleta llena de decisiones, y determinaciones, doy un paso, otro más, cierro la puerta detrás de mí. Miro la llave, no hay otra opción, extiendo mis muñecas y permito que ella penetre dentro de mis venas cortando las puertas del arrepentimiento, abriendo el camino hacia mi libertad.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Por fin llegó

Esta mañana el sol salió desde muy temprano. La habitación encierra calor, tengo la ventana abierta de par en par, pero la cortina blanca con ligeros encajes sigue inmóvil, no hay ni una ligera brisa, sin embargo, estoy feliz. 

He limpiado todo, sacudí el polvo de mis libros, barrí la basura y dejé todo en una fundida afuera de mi puerta, para que la recojan en el turno de limpieza, a las once de la mañana. Armé paquetes con sueños, los mejor se los dejaré a Teresa, una flaca huesuda como yo, pero con la paciencia y tolerancia que nunca tuve, ella sabrá cumplirlos. Los imposibles, se los entregaré a la hermana Teresa, ella rezará para que sucedan y las pesadillas, las dejaré libre para que vuelen a otro cuerpo.

Para no aburrirme mientras espero que vengan por mí, reviso fotografías. Las he puesto sobre mi cama en orden cronológico. Primero está la sesión de fotos en blanco y negro al cumplir un año, Pérez, se lee como firma, tengo entendido que era el fotógrafo de moda para tomar fotos a los bebés de esa época. Se ve a una niña regordeta con vestido blanco, medias con filo de encaje a la altura del tobillo y zapatos del mismo color, churros negros recogidos en dos moñitos, uno encima de cada oreja. Estoy señalando algo y mis ojos se ven atentos mientras mi boca sonríe.  

Prosiguen las fotos, muchas cargada por mi papá, otras por mi abuelo. Empiezan a aparecer las fotos caminando. Hay una que me gusta mucho, estamos mi madre y yo andando por la arena, del lado derecho se ve el mar casi tocando nuestros pies con su espuma. Estamos sonreídas, ella me mira y yo miro mis pies, detrás se ven nuestras huellas.

Creo que tuve una niñez tranquila, me gustó la adolescencia, pero mi etapa favorita fueron los veinte años. Lastimosamente se fueron muy rápido. Encontré una foto que me hizo recordar un momento que estaba olvidado. Estoy apoyada en mi Chevrolet Malibú Classic, un auto enorme, blanco con techo celeste. Automático. Tengo el pelo muy corto, llevo una camiseta negra con el cuello redondo pegado al cuello y las mangas cortas son de color gris. Estoy sonriendo y tengo los brazos cruzados sobre el pecho. Me fijo que llevo una pulsera roja, igual que ahora. Esa costumbre de usar un hilo, pulsera o lana roja, la tengo desde hace tanto tiempo que ya olvidé porqué empecé a hacerlo. Mi hermana tomó esa foto, era una tarea de fotografía para la universidad. Extraño a mi hermana, no había pensado en ella hace muchos años. Ahora sé que la familia es aquella que te acompaña, y sostiene tu mano cuando estás a punto de caer. Yo la dejé caer. La abandoné, me perdí en un laberinto del que nunca logré salir hasta que me trajeron. (Temo que ella fue quien me encontró y dejó acá). Imagino que nunca me perdonó haber sido un fracaso como hermana mayor, considerando que pocos días después de esa fotografía, nuestros padres murieron en un accidente de tránsito y empezamos a vivir entre tíos y abuelos hasta que me fui. Tomé la mano de un leviatán alado que me dio la oportunidad de volar lejos de mis problemas y mantener mi cabeza dispersa, el mayor tiempo posible.

Demasiados años viajando, tanto tiempo desconectada que cuando regresé, todo había cambiado. La primera vez que me desperté aquí, pasé un día entero viendo mi rostro. No entendía nada, estaba en pijama. Tenía una caja con libros, otra con fotografías y recuerdos de mi infancia, un par de vestidos colgados en el armario, dentro de esta habitación blanca con una cama pequeña, velador, y baño. Fui linda, estoy segura de que hubo un tiempo en el que fui realmente bonita, tengo ojos pequeños y el párpado casi los cubre, pero antes, eso me daba un toque sexi en la mirada, mi nariz es pequeña y perfilada, la boca parece dibujada y está en armonía con mis cejas dentro de mi cara ovalada. Ahora tengo el pelo largo lleno de churros, pero grises, y mi piel está absolutamente apergaminada, casi he perdido las pestañas. Mi cuello está arrugado y la piel debajo de mi barbilla está tan flácida que parece cuello de pavo, me río de mí absurda apariencia actual. La belleza no sirve para nada, no me sirvió nunca. Estoy aquí sola, esperando que por fin vengan a recogerme. Tuve algunos intentos por escapar, pero todos los intentos fallaron hasta que mi demonio guardián movió los hilos y permitió que lograra sobornar a un empleado para que compre el frasco que contenía el boleto de partida. Ahora, sólo espero que vengan por mí.

Para esta ocasión, elegí un vestido naranja con encajes, los hombros al descubierto. Llevo el collar de perlas que me regaló el abuelo a mis doce años, (asumo que mi hermana sabía que terminaría escapando y me quería elegante) me he cepillado el pelo y lo he recogido en una trenza que abraza mi espalda mientras recojo las fotos de mi cama y las empiezo a guardar en la caja donde las encontré.

Me acuesto sobre la cama y me quedo mirando el florero sobre mi velador, providencialmente ayer, pusieron astromelias, mi flores favoritas, perfectas para una despedida.

Finalmente estoy aquí, mis piernas están ya entumecidas y no las puedo mover, los párpados están pesados, es imposible abrirlos y el sueño empieza a dominarme, sólo quisiera verle la cara, quisiera saber cómo luce. Escucho a lo lejos un ruido... por fin llegó.




sábado, 17 de septiembre de 2016

Hora de limpiar

Mis libros, están llenos de polvo, paso un dedo por la estantería y pienso que debería limpiar, quitar ese velo de mugre que los está cubriendo, pero sigo andando, voy a la cocina por un poco de agua en esta casa que ya no es mi casa.

Camino a veces en la oscuridad, sólo para ver si puedo recordar el lugar de las cosas sin necesidad de la luz; pocas veces tropiezo, los muebles nunca cambiaron, al igual que quienes habitan aquí, sólo yo cambié.  Todo está igual que cuando lo dejé, sin embargo, es tan diferente ahora, veinte años después.

De repente, avanzando por los pasillos, tropiezo con vestigios de la vida que tuve fuera, y siento ganas de llorar. El tiempo me ha puesto en un laberinto que me lleva al pasado. Recuerdo cuando era pequeña y después de alguna pesadilla de monstruos, sólo sentía consuelo en brazos de mi madre, a veces, en este viaje por el tiempo, vuelvo a los días felices cuando patinaba con mi abuelo en el parque. Luego avanzo un poco más, y regreso al presente. Horrible. 

He decidido vivir con el tiempo en la espalda, no quiero percatarme de su velocidad, por eso no uso reloj, ni me miro en el espejo. Siento que todo va sucediendo demasiado lento. Busco incesantemente la puerta de salida. Nunca la encuentro.

Descubro ventanas pequeñas por donde entra cierta luz, unos días más que otros. Quiero huir. Quiero gritar. Sólo puedo llorar en silencio. Mi voz se apaga.

Tomo agua y suspiro en la oscuridad, enciendo un cigarrillo, sólo para ver la luz del fuego al otro extremo, diecisiete años fumando y es lo único constante en mi vida. Un polvo ceniciento también me cubre, no se nota, pero lo siento perfectamente, me estoy convirtiendo en un mueble más de este lugar donde los relojes no sirven, y los minutos dejaron de avanzar.

Busco un trapo, creo que es hora de limpiar.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Desde mi ventana

Estoy sola y veo la ciudad desde mi ventana. Todos en su cotidianidad; ropa tendida en patios internos lejos de la vista del mundo, casas que han acumulado trastes que dejaron de servir y transformaron sus terrazas en una bodega. Casas sin color, ni calor.

Alguien fuma abajo. Lo veo claramente: chompa azul, gorra negra, zapatillas pese al frío que hace fuera y el cigarrillo entre los dedos de su mano izquierda. Fuma sentado en una banca junto a un árbol, no puede verme, ignora que lo observo desde el séptimo piso del edificio que tiene frente a sí. Parece nervioso, revisa constantemente su celular con la mano que le queda libre, aparentemente no llega el mensaje que espera. No puedo ver su cara, sólo su gorra, tiene las siglas de un equipo de fútbol.

Del otro extremo de la calle pasan turistas arrastrando maletas con pequeñas ruedas y hombres vestido de traje y corbata. Todos caminan apurados, algunos aferrados a sus maletines.

Quien fumaba no está, lo he perdido de vista un rato, y se ha esfumado.

Reviso mi teléfono, yo tampoco he recibido ningún mensaje. Silencio. El mundo real se confunde a veces con el virtual, pero sigo sola. Mucha gente a través de las redes, pero nadie aquí conmigo.

Todo sigue su rumbo, los autos siguen las señales, los peatones se detienen y avanzan, los pájaros buscan las mismas ramas y luego retoman el vuelo. 

De repente todo se ha puesto muy quieto, me pregunto si ese que fumaba, habrá recibido el mensaje que esperaba. Tal vez, esa sea la razón para que se haya ido, o, lo espantó este frío helado que me pone a temblar hasta los dientes.

Un sonido me saca de mis pensamientos, un mensaje de texto a mi celular 

-voy por ti-

Desconozco el número que escribe, imagino que fue una equivocación, creo que debería contestarle aclarando su error. Alguien espera ese mensaje que me ha llegado y no sería justo dejar sin destinatario correcto un mensaje, aunque por otro lado, no es mi problema.

Frente a mi edificio, un grupo de ciclistas esperan la luz verde para avanzar, están equipados como para una competencia oficial. Sus cascos parecen nuevos, usan llamativos chalecos y zapatos, me parecen tensos por el tráfico que empieza a aumentar, volviendo agresivas las calles para ellos.

Un golpe en mi puerta me asusta, no espero visitas. Camino para revisar por el ojo pequeño de la puerta quién es el insistente que sigue tocando la puerta cada vez más violentamente. No logro ver su rostro, sólo una gorra negra con las letras de un equipo de fútbol y una chompa azul.




domingo, 11 de septiembre de 2016

Tal vez

Estaba en el aeropuerto de Lima, con vuelo retrasado hacia Guayaquil. Para variar, había llegado demasiado temprano, ni siquiera tenía gate destinado a mi vuelo. Deambulé un poco, compré un chocolate más una botella de agua, me senté a navegar en redes sociales. Mientras miraba fotos y leía comentarios, pensaba si realmente toda esa alegría virtual, será igual en la vida real. Conozco algunas sórdidas historias que se ocultan detrás de un "like". 

Por otro lado, los minutos eran lo único que volaba, miré el reloj de pulsera con correa de cuero que llevo desde los treinta, y me acerqué a revisar las pantallas con los itinerarios. Por fin, mi vuelo tenía un número, abordaría por la puerta 13. Empujé mi pequeña maleta hasta encontrar la sala de espera, estaba casi desierta, sólo un hombre de unos cincuenta años -cincuenta y dos- supe después, y una joven que hablaba a gritos con la imagen de su celular. 

El hombre leía algo de política, no pude ver bien, sólo eché una mirada furtiva. Los lectores tenemos la mala costumbre de andar siempre a la caza de un buen libro. Reparé en él cuando buscaba un asiento para descansar, fue gracioso, cuando me acercaba lo vi sacarse los lentes, moverse inquieto hasta casi hacer caer su libro por no quitarme la mirada. "No debo verme tan mal", pensé, y me senté justo detrás suyo.

Saqué mi libro de Andahazi y de reojo miraba como él trataba de voltearse, hasta que empezó a leer dándome su perfil. Era un hombre que debió ser muy guapo con unos veinte años menos, aunque yo también me veía mejor con la misma cantidad de años menos, así que no ando muy crítica con el tema. Su pelo lleno de canas, le daban un toque elegante y su nariz perfilada con pómulos marcados ponían un toque interesante.

¿Cómo sonará su voz? ¿Viajará a Guayaquil también? ¿Será peruano, o ecuatoriano? analizaba estos temas cuando de repente se levantó, se quitó el suéter y quedó en una camisa que dejaba entrever que tenía un cuerpo bastante cuidado para la edad que aparentaba; mientras se remangaba la camisa brillaban sus brazos bronceados, con una de sus manos agitó su melena, y un mechón plateado cayó sobre su frente. Seguí leyendo tratando de ignorarlo, pero pasó al lado mío con maleta y todo, calculé unos segundos y volteé para ver dónde iba... caminaba hacia el baño. Los hombres no se tardan mucho ahí, así que le aposté al destino, me levanté y fui al de mujeres justo frente al de hombres; antes de salir, revisé estar bien peinada y retoqué mi lápiz labial. Al salir, no lo vi.

Estaba por llegar a la sala de preembarque nuevamente, cuando apareció de repente en el camino y me sonrió, le devolví la sonrisa. La sala ya estaba medio llena.

- Nuestros puestos están ocupados ahora, me dijo
- Así veo

Caminamos un poco y encontramos asiento uno frente al otro

- ¿eres argentina?
- No, ¿Por?
- Te vi leyendo a Andahazi, él y yo, somos argentinos
- jajaja ¡qué observador!, pero no, soy ecuatoriana. ¿Vas a Guayaquil?
- No, estoy viajando por latinoamérica, me jubilé hace un año...
- ¿Jubilar? ¿Cuántos años tienes?
- 52, ¿tú?
- 41

Andahazi dice que el primer encuentro entre un hombre y una mujer, esa primera conversación, es determinante. Aquí aparecen pequeñas fisuras donde luego estarán las grietas que pueden llevar al fin de la relación, o simplemente, marcar las diferencias que impedirán que esta inicie. En medio de risas y tratando de ponernos al día en nuestras vidas dentro de los minutos que restaban, una voz por alto parlante anunció que mi vuelo estaba listo y debía embarcar. Me levanté, le di un beso en la mejilla y empecé a caminar.

- No sé tu nombre
- Paula, ¿cuál es el tuyo?
- Gustavo
- Adiós Gustavo 
- ¿Nos volveremos a ver?
- Tal vez... 










sábado, 30 de enero de 2016

Buen viaje

¿Qué queda cuando termina la vida? Me lo pregunto mientras te veo metido en esa caja. Un mechón rizado sobre tu frente, tus labios carnosos siguen rosados gracias al maquillaje mortuorio, tus manos entrelazadas como si rezaras, aunque odiabas los templos y no comulgabas con ninguna religión; tus pómulos pronunciados producto del paso del tiempo, finalmente, tus ojos cerrados con pestañas en nueve pequeños grupos de pelos ralos y caídos que a duras penas, tocan tu apergaminada piel, sellando para siempre tu visión del mundo. 

Ya de nuestro amor no quedaba nada, sólo viejas fotos recordándonos que hubo momentos donde pudimos sonreír juntos. Libros que alguna vez compartimos, o fueron regalos de la época en que invertíamos tiempo el uno en el otro. Escucho canciones de nuestra época feliz y sólo siento ganas de llorar. Todo había muerto mucho antes de que dejaras de respirar.

¿Qué pasó? No lo sé. Llegué hasta a odiarte, quería que murieras, y hoy, mientras te miro metido ahí, no siento nada. Miento. Tal vez, si vaya a extrañarte, no lo sé. Dicen que la soledad es peor que el desamor, me tocará averiguarlo. 

No le avise a nadie de tu muerte. No quiero que me consuelen, no estoy triste, o si lo estoy, no lo he notado, no tengo claro qué siento realmente ahora mismo, pero estoy segura de que no quiero recibir besos de propios, extraños y fingir, ya pasé demasiados años fingiendo.

¿Puedo recordar el momento en que todo terminó entre nosotros? No, fue un cúmulo de pequeños gestos; ausencia paulatina de abrazos, diálogos monótonos, ojos esquivos frente a un "te amo", mientras se farfullaba un "yo también" para salir del paso, alivio cuando te marchabas y angustia cuando querías sexo. 

Camino por esta sala vacía y mis pasos retumban. Un empleado me pregunta si quiero café, si tendrás misa y si quiero atrasar tu entierro, respondo: No. Ya no me asusta esa palabra, desde que te fuiste, la digo sin temor. He perdido el miedo. Está encerrado contigo y se hundirá muchos metros bajo tierra, en pocos minutos.

¿Me provoca besarte por última vez? Sí. Mi estómago se aprieta, puedo todavía sentir tu olor, pese a los químicos que te han metido en el cuerpo, pienso que está todo bien. Me doy fuerza, cierro los ojos y poso mis labios sobre los tuyos que están helados, me retiro rápido. El contacto con la muerte me da repelús. 

Entran cuatro hombres a cargar tu féretro, para llevarte "a tu última morada" que frase tan estúpida, pienso. La última morada no existe, siempre viviremos en la memoria de la gente que nos odió o amó. Yo sentí las dos cosas, así que imagino que por un tiempo vivirás en mis recuerdos, aunque sin dolor, hasta que poco a poco, logre olvidarte.

¿Por qué te odié? porque me odié. No pude ser valiente, dejé que llevaras las riendas de mi vida sin rebelarme, me quise morir mil veces antes de seguir contigo, pero no pude dejarte, ni matarme. Quienes me rodeaban repetían que tenía suerte de tenerte, sin embargo, yo quería cambiar mi suerte todos los días. Envejecí a tu lado como "Dios manda", pero una vez cumplido el mandato, estoy insatisfecha, vieja y sola.

Sentada en una silla que han traído especialmente para mí, observo como cavan la tierra, un trabajo que imagino es tan mecánico y rutinario como fue mi vida contigo. Todos estamos en silencio, no hay nada que comentar. Empiezan a bajar el ataúd, me preguntan si quiero lanzar algo para que haga compañía en "tu viaje". 

¿Si pudiera cambiar el pasado, lo haría? No lo sé, maldita melancolía que empieza a hacerme tambalear. Supongo que no todo fue malo. Recuerdo tus flores -mis astromelias- constantes en nuestra vida. Me gustaba cuando me abrazabas en la mañana y aunque nunca agradecí tu paciencia, siempre aprecié que también cumplieras tu parte, permaneciendo siempre a mi lado. Aprieto mis manos contra el regazo y no encuentro fuerzas para levantarme. Voy a tener la soledad que siempre quise, pero ahora, no sé que haré con ella. Después de tantos años, ya no había amor, sin embargo, quedaba la amabilidad que volvía agradable la vida. Al final ya no te odiaba, me acostumbré a vivir sin mariposas en la panza, y había renunciado a una vida diferente. 

Creo que vuelvo a odiarte, esta vez, por dejarme ahora que estoy vieja, y no podré volver a empezar. Siguen insistiendo sobre aquello que debo depositar junto a ti, estoy un poco mareada. Respiro profundo, me incorporo, doy unos pasos y lanzo mi anillo de bodas.

Buen viaje 






miércoles, 2 de diciembre de 2015

Demonio y pesadilla

No puedo estar tranquila, tengo casi un mes sin bajar. Doy mil vueltas y pienso en lo bien que he estado, la tranquilidad con la que ahora duermo, he empezado a ganar peso y hasta mi sonrisa ha regresado; bajar es un despropósito, tumbaría todo lo ganado, sería volver a empezar y cada vez es más difícil. Miro en el espejo la cicatriz de mi cuello como recuerdo de alguna vez que no debí bajar y bajé, pero me traiciono y digo que no se puede disfrutar del cielo sin visitar de vez en cuando, el infierno. ¡Ah que diablos, voy a hacerlo!

Me pongo zapatos, un jean, ato mi cabello con una cinta y empiezo a bajar por una estrecha escalera, la luz va desapareciendo hasta envolverme en penumbra, sigo descendiendo hasta que mis ojos se acostumbran a esa oscuridad y llego.

El piso es tierra y aserrín, el olor nauseabundo, entre sudor y excremento me hace tener arcadas. Lo escucho gruñir y el sonido me lleva hacia donde está encerrado tras rejas de metal; es enorme, un gran demonio con apariencia entre felino y humano, dientes afilados, patas de uñas gruesas, pero nada como sus alas, gigantes alas negras que se extienden con toda la furia de sus bufidos tratando de volar, mientras sus ojos se clavan en mí.

Ahí estamos uno frente al otro, yo en mi pequeñez tratando de lucir fuerte y sostener su mirada intensa, mientras él, camina sin quitarme los ojos de encima. Puedo percibir su olor, cierro los ojos y me acerco. Sus garras atraviesan los barrotes y toman mi cuello, siento cómo lo aprieta hasta que comienza a faltarme el aire, pero no me quejo, no abro los ojos, no quiero mirar; se enfurece, me suelta con toda la fuerza que otorga la ira, haciéndome caer sobre unas cajas, noto que mi brazo ha empezado a sangrar, le doy la espalda y empiezo a llorar, me duele muchísimo.

Lo escucho gemir, remecer con violencia su prisión y volteo un poco la cara para verlo y como siempre, me aterroriza, es un demonio gigante en dos patas, con las alas extendidas, tiene grandes colmillos que brillan en la oscuridad y los fierros que nos separan parecen ceder frente a la fuerza de sus brazos en un intento desesperado por salir. Sus ojos inyectados me miran, y no sé qué hacer, sigo sentada en el piso, la herida sigue botando mucha sangre.

Me incorporo y cojeando un poco por el golpe, vuelvo a acercarme, él se calma, no se mueve, ni resopla, sólo me mira. Le enseño la herida y la sangre, se arrodilla, acerca su trompa peluda, puedo ver sus ojos pequeños y negros acercarse también, abre su boca, cierro los ojos y a través de los barrotes siento su lengua chupar mi sangre tan delicadamente que me acerco un poco más, no se detiene hasta que mi brazo está nuevamente bien. La herida está curada y saco el brazo de su boca.

Nos quedamos un rato así, muy cerca sin hacer sonidos. Él me enseña una de sus patas, tiene un corte supurando, recuerdo que eso es obra mía de la última vez, cuando le clavé un puñal para alejarlo; ahora soy yo la que acerco mi boca hasta chupar toda su pus, es desagradable, pero siento su alivio y continúo hasta notar que la herida está limpia, entonces desato la cinta de mi cabello y la utilizo para vendar su lesión.

No puedo decir que sonrió, ni que hizo un gesto de agradecimiento, porque no sucedió. Sólo se incorporó, bajó las alas, caminó hacia el otro extremo de la celda y se sentó dándome la espalda. Le había traído comida, así que se la acomodé como pude junto a un plato de agua y me dispuse a subir. Antes de poner un pie en el escalón de regreso, volteé a verlo. Estoy segura de que me miraba de reojo, casi podría asegurar que vi correr una lágrima, pero cuando hice el ademán de volver a él, se giró totalmente de espaldas a mí y empezó a gruñir. Suspiré, me encogí de hombros y empecé a subir, una vez más. Tengo que dejarlo ir -me lo repito mientras subo-, pero no sé cómo ni cuándo. Demonio y pesadilla, sin embargo, nos pertenecemos; somos parte el uno, del otro.  









martes, 24 de noviembre de 2015

Mariposas amarillas

-Mami, ya despiértate. Es tarde, apúrate que voy a preparar el desayuno, levántate por favor. No quiero regresar y verte acostada en la cama. Cruzo el cuarto, abro las cortinas y bajo a preparar un café. Ella ni se mueve.

Recuerdo las veces en que la historia era al revés; soy hija única y mi papá nunca estuvo. Todas las mañanas ella llegaba a mi dormitorio, se metía en la cama, me abrazaba, me ponía la pierna encima y llenaba de besos mi cara. Yo renegaba, me quejaba, suplicaba por unos minutos más y muchas veces me quedé dormida apenas ella salía, entonces volvía enojada gritando que nos hacíamos tarde y de un brinco salía de la cama y me arreglaba para ir al colegio.

Mi mamá era deportista, trabajaba, leía, parecía que tenía mil actividades y sin embargo, yo era el centro de su mundo. Siempre le reclamé que no me prestaba suficiente atención, pero era mi temor a perderla. Nunca tuvo novios y si alguna vez algún audaz se atrevía, se encontraba con mi mala cara, berrinche y  un drama tan exagerado, que terminaban siempre espantados. Fui muy egoísta, hoy hubiera preferido que ella comparta su vida con alguien que la pueda cuidar mejor, con quien pueda caminar tomada de la mano por el malecón y no pase tanto tiempo sola.

Está envejecida, su pelo está totalmente cano, tiene un problema con la visión y ya no puede leer, debo leerle, aunque no siempre tengo tiempo. Se rompió la cadera hace unos años y su vida deportiva terminó, pero como ella no es de rendirse, a las cinco de la tarde abraza su bastón y se va a pasear por el malecón, donde luego de su caminata vespertina, se sienta a contemplar el río por horas. No sé cuál de sus sueños se quedó sin cumplir, pero sospecho que algo le faltó para ser feliz, aunque nunca lo quiso decir. Ella me entregó su vida, ahora yo la cuido.

-Mamá, no te escucho bajar. ¡Apresúrate, el doctor hizo una cita especial por tratarse de ti!

Con los años se ha puesto muy engreída, es como una niña chica, se parece a mí, cuando tenía diez años. Bebo rápido el café y decido no leer el diario. Ya veo que será una de esas mañanas en que me tocará lidiar con su pereza y berrinche. Todavía la recuerdo luchando con mi pelo para hacerme una trenza francesa antes de ir al colegio. A veces no descansaba bien porque yo me introducía en su cama de madrugada para sentir su olor y poder dormir, siempre necesité estar muy pegada a ella.

Cuando era niña y hasta casi terminar la adolescencia ella planchaba mi uniforme, hasta la descubrí alguna vez betunando mis zapatos, pese a que le insistía que no era necesario. Mi mamá no usaba cremas ni se maquillaba, pero me llevaba cada quince días a la peluquería para que mis uñas y pelo estén impecables; heredé su cara, lo dicen todos. Somos muy parecidas y es mi orgullo, además sé que viéndome en el espejo, siempre la podré ver a ella.

Mientras recojo todo, una mariposa amarilla pasa por delante de mí, no puede ser, debo haber olvidado cerrar la ventana ¡que vaina, quién sabe cuántos bichos ya se habrán metido! Subo con su taza de café y paso a revisar las ventanas, pero todo está bien cerrado, aunque ahora veo otra mariposa en el descanso de la escalera ¿Por dónde estarán entrando? En fin, sigo subiendo, hoy debemos ir al médico para el chequeo semanal, su enfermedad cada vez se extiende más y a veces los dolores son insoportables. 

Voy a decirle que desayune en la cama para que después se ponga el vestido rojo; le sienta precioso y la pone de buen humor porque asegura que se la ve delgada de rojo. Tiene setenta años, pero le sigue pareciendo importante verse atlética como cuando era joven, no discuto, no tiene sentido explicarle que es imposible, pero como es su único tema de vanidad, le hago caso a sus pedidos de comidas especiales y porción de proteína en la noche.

-Mami, te subí el café, dime que ya te bañaste

Entro a su habitación y sigue arropada. Me acuesto a su lado para empiernarla y al abrazarla, salen cientos de mariposas amarillas hasta vaciar por completo su vestido y llenar la habitación. 

Revivo las veces cuando ella decía que nunca iba a abandonarme, prometió que siempre iba a tener la certeza de su compañía aún después de muerta, y desde esa mañana, las mariposas siempre me acompañan. Revolotean por la casa y me rodean cuando salgo a la calle. He descubierto a unas pocas en la banca del malecón donde mi mamá solía estar y casi todas se quedan sobre su cama hasta las diez de la mañana.











martes, 17 de noviembre de 2015

Huir para volver

Al regresar a casa solía quedarme horas viendo fotos, a pesar de la tecnología, prefiero las imágenes en físico, tengo fotos polaroid en conciertos o parques, ellas tienen la magia de captar el verdadero momento, eso que consigues gracias a que no hay la oportunidad de revisar antes, como se hace con las cámaras digitales. Cuento con un amplio resumen gráfico de mi vida junto a él, pero ya no está, no existe más. 

A veces, cuando despertaba por el frío que su ausencia había dejado en mi cama, me levantaba y me ponía una de sus camisas para sentir su olor y poder volver a dormir. Todavía lo extraño, me hace falta la caminata matutina tomados de la mano, él siempre quería que yo acelere el paso para que sea ejercicio, pero yo lo disminuía a propósito, para disfrutar su mano apretando la mía y extender la plática solucionando el mundo desde nuestra óptica. Me invitaba a almorzar a diferentes lugares porque no le gustaba que me ponga muy delgada, creo que hoy se enfadaría, he perdido tantos kilos que ya ni los cuento. 

Me pasé años discutiendo en las noches; para dormir, prefiero silencio y oscuridad, pero él insistía en leer hasta la madrugada, ahora dejo una lámpara encendida para sentir que de alguna manera está ahí, entre sus letras e historias que a veces leía en voz alta, cuando alguna frase lo impresionaba o simplemente creía que podría gustarme. 

Recuerdo todas las veces que me llamó para ver juntos una película y me enojé porque había "tantas cosas que hacer", pero él prefería pasar una tarde completa frente al televisor o metido en el cine; hoy me arrepiento, ya no hay nada que hacer, pero no tengo con quien acurrucarme en el sofá, por eso vendí el televisor y no he vuelto a ir al cine, no creo que vuelva.

No quería botar nada, todo estaba donde él lo había dejado. Sus palabras colgadas en el ambiente, su risa rebotando constantemente en las paredes, sus promesas tapizando las puertas y su mirada en cada ventana. A veces, su presencia era como una pesadilla de la que no lograba levantarme.

La muerte es el destino al que todos nos dirigimos, pero cuando él se fue, perdí mi norte. Recién en ese momento descubrí lo dependiente que era, empecé a salir todas las tardes a dar una vuelta buscando una señal, algo que me dijera que aún había vida para mí y fue así, caminando y llorando, cuando decidí dejar el país. Analicé ofertas por el departamento, pagué a una corredora de bienes raíces quien se encargó de todo y hoy, mis maletas ya están viajando y yo tomo el vuelo de las cinco. 

Estoy esperando a la nueva dueña para darle las llaves e irme. "Huir para poder volver a ser la que fui", me lo repito constantemente cuando siento que las fuerzas me abandonan; cuando quiero arrepentirme, enroscarme dentro de mi cama, abrazar su ropa y sentir su olor una última vez, pero me obligo a tener valentía y mantener la decisión de seguir. En el departamento dejé todo; sus recuerdos, mis lágrimas y nuestra vida juntos. 

Miro por última vez la que fue mi calle estos últimos años, un bello camino estrecho de piedras antiguas, con casas de balcones pequeños, donde las flores cuelgan dándole color al lugar. Es momento de volver a empezar y crear un nuevo registro gráfico.

Sonrío y me tomo una foto. 
 


martes, 10 de noviembre de 2015

La imagen

Hoy, mientras tomaba café y hojeaba los diarios, vi tu imagen. Han pasado tantas lágrimas desde la última vez que nos vimos en persona, que acerqué el papel para escrutar tu aspecto, pero fue imposible. Es una estampa de la ciudad en la que apareces caminando distraído en medio de más personas. Tienes una mirada perdida en algún punto que no sale en la fotografía. 

De repente recordé las risas, los paseos, abrazos y los "te amo" con su respectivos "yo también" que sonaban a eternidad, pero no duraron nada. No puedo separar tu imagen en blanco y negro de mis ojos, mis manos no quieren soltar... te, hasta que regresan también, las razones por las que hice maletas y cerré puertas detrás de mí.

Me levanto, camino descalza por el departamento hasta detenerme frente al espejo de mi dormitorio, de pie en un vestido de tirantes, el pelo largo revuelto, noto en mi rostro las huellas del paso del tiempo. Me quedo un rato así, en silencio, mirándome con el diario en la mano y los ojos cansados.

Antes, no lograba quedarme en un lugar mucho tiempo, siempre estaba huyendo, lo hacía sin querer. Pensé que contigo podría quedarme, quisiera haberte dicho que lo intenté, contarte lo mucho que lo deseaba, recordarte cuánto lloré, callé, las veces que hablé y traté de hacer que me escucharas, pero me quedé sin voz y tú, perdiste el oído. Me rendí, decidí no decirte nada y dejarte ir. Ahora llevo algún tiempo aquí, estoy tranquila, todas las mañanas leo mucho y las tardes salgo a caminar por la ciudad. Me hace feliz el viento en la cara y he dejado atrás mis ganas de escapar.

Regreso a la mesita donde me esperan el resto de los diarios y mi café; este es mi lugar favorito: está justo a lado de una gran ventana donde entra mucha luz y puedo ver el río. Lo primero que hago antes de sentarme es reintegrar con cuidado la parte del diario donde apareces; te miro por última vez, me siento, respiro hondo, doy un sorbo a mi café y paso la página.





miércoles, 4 de noviembre de 2015

Dicotomías

Nunca recuerdo cómo llegué ni quién abrió la puerta, pero ahí estoy. Lo único que tengo claro es que mi presencia es absolutamente esperada y lícita, pero no puedo evitar la sensación de angustia que genera el estar en casa de mi ex amante.

Empiezo a caminar por la sala de paredes blancas con muebles del mismo color y piso de madera, me fijo en las fotos; hay por doquier imágenes de ellos, de ella con los niños o de él riendo, todos siempre ríen y recuerdo cuando él también reía conmigo, pero eran risas ahogadas, que quedaban muriendo sin luz, dentro de la habitación de algún hotelucho. Risas que se apagaban al abandonar el lugar.

Avanzo un poco más y me llama la atención un jardín interior con grandes plantas, tienen un árbol de mango y muchas orquídeas, veo una escultura extravagante de madera y creo que el gusto de ella es un poco cuestionable pero al fin y al cabo, lo eligió a él y en su momento yo también, así que prefiero evitar sentenciarla.

Sigo caminando hasta llegar al comedor, un lugar lleno de luz en tonalidades ocre, con una gran lámpara de cristal y muchos cuadros de pintores desconocidos y otros muy famosos. Todo es impecable, el piso de madera contrasta con las cortinas blancas que dejan entrever un patio adornado con antorchas, el ambiente tiene una fragancia que no logro reconocer, pero es muy agradable y acogedora, me detengo un rato a disfrutar la suave música de fondo. Pienso en todas las conversaciones sobre sus carencias económicas de niño e imagino lo feliz que debe estar ahora, rodeado de tantas comodidades. Continúo con mi escrutinio visual hasta que finalmente lo veo sentado al final de una gran mesa y rodeado de muchos invitados. Se levanta con todos los ademanes propios de un amable anfitrión; está más bello de lo que recordaba, lleva puesto una chaqueta ajustada que denota su figura bien cuidada y esculpida, si pienso mucho tiempo en su espalda y brazos, todavía recorre un escalofrío por todo mi cuerpo. Me toma por el codo y me lleva a un puesto cercano al suyo donde la tengo a ella frente a mí.

Por alguna razón no me incomoda la situación y disfruto una velada agradable, no recuerdo qué sirven ni de qué hablamos, pero recuerdo risas entrelazadas en una despreocupada alegría.

Tengo lagunas mentales. Lo siguiente que recuerdo es encontrarme a solas con ella en el patio ubicado sobre una colina. Es enorme, tiene césped, cancha de fútbol y una piscina con jacuzzi; es extraño –y se lo comento- que de un lado se pueda apreciar la belleza de la ciudad y en el otro extremo hay una carretera vieja donde algunas volquetas siguen transitando, generando mucho polvo y ruido.

-La vida y sus contrastes, es su respuesta, y prefiero no seguir charlando sobre el tema. No sé si ella esté al tanto de mi paso por la vida de él, asumo que sí, pero no quiero preguntar.

Ella empieza a hablar de dolencias físicas, me confiesa una enfermedad que la agobia; no entiendo sus razones para una intimidad que me resulta repelente e irritante. Por un momento mientras habla y se queja, siento tanta lástima que quiero abrazarla, me despierta un profundo sentimiento de amor y ternura, la encuentro tan desvalida pese a ser una mujer alta y gruesa; la imagino llorando todas las noches que él inventaba un coctel para encontrarse conmigo, pero intuyo que el contacto físico es inapropiado, considerando que durante muchos años a quien abracé fue a su marido.

La sigo escuchando en silencio, trato de hacerla sentir mejor con un par de chistes sobre médicos y enfermeras, pero es aquí cuando todo se vuelve una neblina llena de imágenes que no logro ordenar ni entender. Me despierto sudando y jadeando, este sueño recurrente me persigue desde que terminé esa relación. Sé que debe tener un significado, pero no logro encontrarlo aún.


Con todo el ruido que he armado, mi esposa se despierta, me abraza y susurra que todo está bien. Cierro los ojos, me aprisiono a su cuerpo y trato de volver a dormir mientras ella me acuna y besa mi frente. Las noches son complicadas para mí, vivo atrapado en un laberinto de pesadillas y dicotomías.


martes, 22 de septiembre de 2015

Gatitos

Llegó la hora. Estoy vestido y listo, no tengo apuro en verla, pero sí, mucha curiosidad.

Estaba esperándome -se nota- abrió muy rápido la puerta apenas toqué el timbre. Me hace pasar y un escalofrío recorre mi espalda, tres gatos empiezan a dar vueltas entre mis piernas, casi tropiezo y ella los espanta. Su mirada se desfigura por un instante y luego regresa a mirarme con cierta dulzura que en su cara me repele. Camino lento entre paredes despintadas que muestran manchas de humedad y hongos dando un aire lúgubre y frío. Pese a ser las cuatro de la tarde no entra bien la luz y todo está envuelto en una mediana oscuridad, no hay cuadros, floreros o algún vestigio de alegría.

Martha es fea. Así, sin más. Tiene el pelo cortísimo y asimétrico gracias a su obsesión por cortarlo ella misma. Su nariz es larga, delgada y afilada en una punta que siempre apunta al suelo, sus ojos grandes, parecen platos donde se sirve locura y soledad.

Vive en la esquina de mi casa y detesto pasar por ahí. Su casa expele un olor a guardado que se lo siente desde la acera, tiene horribles cortinas amarillas con grandes flores rojas que salen por las ventanas bailando sus colores cuando sopla mucho viento.

Hay algo en ella que me molesta, no sé si su fealdad, el olor desagradable que su casa y ella expelen, o los gatos. Miles de gatos maullando todo el tiempo. No sé de dónde saca tantos. El otro día me ofreció unos cachorros, pero la imagen de ternura y fealdad contrastada, fue demasiado para mí, rechacé la oferta y seguí.

Creo que me espera constantemente, ayer me invitó a tomar café porque quiere entregarme unas cortinas que en algún momento le dije que compraría para ayudarla económicamente, el barrio entero sabe de su pobreza y deudas desde que murió su hija. Detesto la idea, pero no pude rehusarme. Es decir, no quise, tenía curiosidad por entrar a esta extraña casa.

De pie en su cocina trato de ser amable, pero no tengo ganas de quedarme; hay casas que invitan a estar, otras a huir, la de Martha es del segundo grupo. Pregunto por las cortinas para apurar el tema y poder irme, pero al entregarlas, me invita a tomar asiento y beber el café caliente que ha preparado. No quiero conversar con ella, pero ahí está, sentada con un vestido que tiene una ligera abertura la cual deja ver sus piernas, son bonitas, no pensé que Martha tendría algo bonito, pero lo tiene, son sus piernas. Bien torneadas y firmes, distraigo mi mirada, pero encuentro sus ojos, ella notó mi análisis y aparentemente no le molestó. Me ubico frente a ella en la mesa y empiezo a beber.

-Gracias Martha, las cortinas están muy bien y el café también. ¿Qué es ese sabor amargo que queda al final?

-Veneno

-¿Qué?

-Lo que escuchaste: Veneno; y su boca hace una mueca parecida a la sonrisa mientras su cuerpo se acerca, apoya el codo sobre la mesa y su cabeza en la mano para mirarme fijamente; ella está disfrutando el momento, se nota.

Empiezo a sentir que el estómago se aprieta y mis piernas empiezan a entumecerse, suelto la taza y trato de pararme, no puedo. Trato de gritar, pero es imposible.

-Tranquilo, no pongas resistencia o sufrirás más. El veneno se activa con la adrenalina y ataca el sistema nervioso.

- ¿Estás loca? ¿Por qué Martha, por qué? Se incorpora, de repente está seria y erguida.

-Me sorprende tu pregunta. ¿Pensaste que nunca descubriría que fuiste tú, el que atropelló borracho a mi niña? ¿Creíste que nunca encontraría al cobarde que luego de atropellarla, ni siquiera se bajó a ayudarla? ¿Sabías que María no murió inmediatamente? Si te hubieras bajado, ella estaría viva.

-Martha…

Siento que soy arrastrado, no puedo moverme y veo con dificultad, pero sigo lúcido. Me lleva hacia una habitación muy oscura; escucho maullidos, ruidos furtivos, algo se mueve muy rápido, casi no puedo respirar. De repente, escucho la voz de Martha casi en un susurro, antes de que cierre la puerta.

-Gatitos, les traje su comida. Buen provecho

jueves, 10 de septiembre de 2015

La espera

Sigo sentado frente al río, en la misma banca diagonal al puesto de helados. Tú sabes cual es, donde queda y sobre todo, sabes que te sigo esperando.

Desde ese día sigo viniendo todas las tardes a las cinco y me quedo hasta que es lo suficientemente de noche para saber que no vendrás. Traigo el mismo sombrero que te gustaba tanto y el libro que me regalaste, lo he leído y releído mil veces ¿Sabes que ya he aprendido el número de las páginas donde están las frases que quiero decirte? pero tú no llegas para poder contártelo en persona.

He empezado a escribir, me dijeron que era una buena terapia para poder soltar los sentimientos. Pregunté cómo me puedo quitar tu olor de la piel, pero me dijeron que empiece por los sentimientos. Tengo un cuaderno bonito, es pequeño, estaba con descuento en la librería donde solíamos ir. 

Jueves
Hoy he desayunado leche de soya, me supo a diablos, pero el médico dice que es la única sin perjuicio para mi salud. Mi colesterol sigue aumentando como los impuestos de este país. 

Me cuesta escribir, a veces me siento ridículo, pero creo que pensar en lo que escribiré me mantiene distraído y hago el esfuerzo. Quisiera que leyeras, ¿recuerdas cuántas veces leí tus poemas y luego cambiabas las partes que no me gustaban? Me hacías sentir importante.

Lunes
Odio los lunes porque me recuerdan tu alegría y entusiasmo por ellos. No quiero escribir.

El río y yo somos parecidos, seguimos moviéndonos, la inercia o el viento ayudan. Ya no sé qué me mueve. Vengo aquí porque te siento, porque tu latido está presente en medio del silencio. Me quiero morir, quisiera quitarme la vida y que mi vida empiece contigo, donde sea que estés. Estoy seguro de poder encontrarte. A veces siento que me ahogo de noche, el aire me falta y el corazón se agita mucho cuando veo mi cama vacía, grito tu nombre y mi voz se pierde en el vacío de la casa. 

Sábado
Hoy es un año desde que te fuiste, el libro que me regalaste está todo deshojado. Mi tarea del día será dejarlo como nuevo.

Llevo más de un mes sin escribir, no está funcionando. Lloro mucho luego de escribir y créeme que no escribo más de dos líneas. Me dijeron que intente con la pintura y mandé al carajo al psicólogo y al mundo. Ya no estoy interesado en ser amable con la gente. Sólo me quedan los libros y nuestras plantas. Se ha puesto muy linda la orquídea que tenemos en el árbol. El galán de noche está tan triste como yo, y desde que no estás, no ha vuelto a florecer.

El río me lo debe y aquí voy a seguir. En la banca de siempre frente al río, diagonal al puesto de helados. En el mismo lugar donde una tarde envuelta en un ataque de ansiedad, me tiraste tus zapatos en la cara, gritaste que no eras feliz y empezaste a correr sin sentido, hasta que un revés del destino hizo que perdieras el equilibrio perdiéndote dentro del río.

Domingo
Te sigo esperando. Vuelve o llévame, por favor.








miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un ruido, un grito.

Ya están todos levantándose para sepultar el féretro. Hoy es el tercer día, les he dicho que quiero esperar un poco más. Nadie me hace caso, pero sé que vas a despertar.

Los velatorios están plagados de risas nerviosas, chistes para aplacar la tensión que invade siempre el ambiente, lágrimas reales y fingidas comulgando en la misma sala; Hay una retahíla de historias, todos tienen algo que contar, una anécdota que sin importar si es graciosa o triste, desencadenará llanto a rabiar. 
Es una pornografía de dolor, pero yo sé que volverás.

Le pido al tipo encargado que por favor retire el vidrio que separa tu cara de la tapa de la caja, me dice que ahora se estila de esa manera. Insisto, pero sólo recibo una negativa hasta que ofrezco algo de dinero. Acepta, con la condición de cerrar la caja para que nadie lo note. Acepto yo también.

Es inevitable, las oraciones y misas cumplieron su ciclo, todos se encaminan para cargar la "caja mortuoria", ¡qué palabra! una caja que encierra muerte, pero tú vas a regresar y tenemos un problema, nadie me cree.

Vacilo al caminar, hundo un poco mi cabeza y meto mis manos en los bolsillos, me arrepiento tanto de haber dejado de fumar, este momento precisa un tabaco. Pese a mi seguridad de volver a verte, los recuerdos se agolpan un rato en mi cabeza. Sonrío al recordar tus ojos, pequeños escrutadores de mis movimientos; de la boca extraño tu lengua, siempre tibia y lista para mí, trato de no pensar en tus manos recorriendo mi cuerpo porque sino voy a gritarte que salgas de una maldita vez de esa caja y sé que debo esperar. Siempre me ha tocado esperar el momento que tú decides es el conveniente, así que disipo las ideas acercándome a un hombre desconocido y le pido un cigarrillo, vaya a la porra la abstinencia, bastante tengo con estar aquí esperándote mientras todos lloran.

Ni siquiera pusieron tus flores favoritas, esto está lleno de rosas y no hay ni una astromelia. En fin, estos cementerios modernos llenos de árboles y bancas vuelven un poco acogedor el momento, o será que lo siento así porque luego de seis años estoy volviendo a fumar y realmente, estoy disfrutando cada bocanada mientras de lejos veo el show del drama. Para vivir se necesita primero morir, siempre estuvimos de acuerdo en eso, como en tantas cosas más, pero prefiero no darle mucha cabeza en este minuto, quiero seguir disfrutando mi tabaco mientras veo a la gente empezar a dispersarse.

Ya tienes como un metro de tierra encima. Han pasado unos días, pero sigo aquí; los guardias me dejan dormir en las salas vacías y a veces como algo en la cafetería. Hoy está nublado el cielo, es uno de esos días que siempre disfrutaste, parece que va a llover, corre algo de viento y mientras camino cerca de tu tumba, escucho un ruido y un grito.

Lo sabía, llegó el momento.