miércoles, 17 de julio de 2013

El mensaje

María se despierta en un hotel barato alquilado por el día, usado por algunos del sector como motel, pero para dormir un día está bien. Su habitación es pequeña; un televisor, baño privado, un aire acondicionado que suena un montón y ayuda a disimular los gritos de satisfacción de sus vecinos. No quiere levantarse, toma el celular revisa mensajes y no está el que quiere recibir. Se incorpora un poco para hurgar en su bolso y sacar su último paquete de cigarrillos, saca uno y lo enciende, no ha comido nada desde la tarde del día anterior y no le importa, fuma tranquila en la calma pasmosa de aquellos que ya perdieron las ganas de vivir.

No hay noticias, no hay mensaje ni llamada, se frustra pero en el fondo no espera nada, sabe que es imposible. Lleva huyendo algunos días y no tiene rumbo, quiere desconectarse y no se da cuenta que no importa el lugar donde vayamos, nuestros pensamientos siguen pegados a lo que nos hace daño.

Fuma uno y enciende otro con el que se está apagando, sigue recostada y enciende la televisión y la vuelve a apagar, de repente las paredes la empiezan a aplastar, se incorpora, camina al baño, lanza el pucho en el servicio higiénico y lo ve irse dando vueltas. Se saca la ropa y toma una ducha eterna, aunque no hay mucho que limpiar. María es delgadísima, alta, con un pelo cortísimo que denota su delicado cuello largo, esbelto, ojos cafés tan claros que cuando llora parecen amarillos y ahora último llora mucho.

Sale de la ducha y se pone unos zapatos de caucho, un jean gastado, camiseta roja y una chompa jean que la tiene casi veinte años con ella. Se lava la boca y enciende su último cigarrillo, toma su maleta y cierra la habitación, otro círculo cerrándose a sus espaldas. Baja por las escaleras porque no confía en los ascensores.

Paga la cuenta y mientras, vuelve a revisar el celular, ningún mensaje. Nada.

Sale y cruza la calle, camina entre autos y peatones, el ruido de la ciudad la aturde, cruza todo, avanza hasta el Malecón y se sienta a ver el río. Ahí está ella, una vez más enfrentada a sus acciones, furiosa por sus decisiones y herida por las consecuencias. Pasa un chiclero y compra otro paquete de cigarrillos, lo abre saca uno, lo enciende y vuelve a revisar el celular. Nada.

Se queda esperando ese mensaje que no llega, que sabe, no llegará, pero la esperanza de que llegue es lo único que la mantiene aferrada a la vida... todavía.



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